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Apenas comienzan a clarear los primeros tintes rojizos del amanecer, cuando los cohetes con su estruendo presagian la algarabía que hoy inundará a todos los habitantes de la pacífica y laboriosa comunidad de San José del Puente.
La razón de este enjuntamiento de corazones y de sonrisas no es otro que la celebración de la fiesta patronal que hoy a todos alegra, es 19 de marzo, y San José, vigilante quien con su vara de nardo destaca entre los integrantes de esta curiosa comunidad, intercede por ella al ser festejado.
Esta devoción no ha pasado desapercibida para doña Ángela la patrona, quien en este día tan especial al ver al pasado deja mezclar su memoria con la de Don José, su esposo, quien diera su nombre a esta comunidad plantada al lado del puente.
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Ya son varias las voces que repiten lo mismo entre las esposas de los peones quienes afanosamente desde hace casi ya 3 días hacen los preparativos pidiendo a San Pascual conceda un sabroso sazón, y a San Almanzo un buen descanso.
Una golondrina temeraria ha realizado una hazaña al pasar en vuelo tortuoso por entre los entramados colocados por el mayordomo y los peones, trazando una carpeta de cientos de banderitas de papel de china verdes y amarillas que, mecidas por el viento penden sobre la Plaza Elena, desde la parte alta de la capilla hasta el casco.
Don Lencho inicia el primer acorde de su viejo violín recuerda lo desgastada que se encuentra su segunda cuerda, y cerrando los ojos a la imperfección, une con naturalidad su entusiasmo a la melodía con que el resto de sus compadres del mariachi con trompetas, tambora y estruendo de los cohetes, empapan los aires iniciales del festejo.
La celebración de la Santa Misa a la media mañana une en fervor a las familias, las cuales convocadas por la gentil patrona, hacen suya la ocasión para celebrar lo mismo bautizos, primeras comuniones que bodas al amparo de la fiesta, en la que ya de por sí se encuentran quienes deben estarlo.
Tras las mañanitas da comienzo las series de juegos del mediodía, con el jaripeo, el barril inclinado y las suertes que los alegres jóvenes hacendados con sus amigos, enfundados en traje de charro realizan en busca de adornar su caballo con alguno de los listones rojos con argolla que tanto llaman la atención de las damas, y la rivalidad de los contendientes.
Al iniciar el paso de las enormes cazuelas de mole, desprendiendo sus cautivadores olores, tanto la nariz como la boca, aconsejados por el estómago, pueden predecir el inicio de la gran comilona en que todos habrán de congregarse, alternando con aguas frescas, tortillas recién hechas, frijoles, arroz y demás menudencias, cortesía de las hacendosas mujeres que invirtieron su experiencia en ellos, los cuales no faltarán a quien se presente, pues la política aquí es que “En México a nadie se le niega un taco”.
Al caer la tarde, los concursos vespertinos del palo encebado y las suertes charras disminuyen su barullo para ceder el paso a los rostros arreglados y los trajes elegantes del baile en el patio principal del casco, en que los invitados dejan lucir sus mejores galas.
Avanza la noche serena y los grillos rompen el silencio ocasionalmente para entrever con sus brincos por las rendijas del hierro forjado de las ventanas que albergan la cena y el café de los últimos invitados.
La luna, cual gato juguetón, se ha encaramado en las alturas, mientras el cansancio se apodera de los últimos moradores del espectro nocturno. Sin embargo las sonrisas y la satisfacción se contagian a manera de benéfica epidemia, alentando la esperanza y el deseo de continuar la labor, aparejándose al carácter tenaz y eternizado del movimiento, que más que de un artefacto de madera, parece el del corazón de una gran comunidad, el Molino de San José del Puente.
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